En
1973 en la ciudad de Estocolmo, Suecia, tuvo lugar un asalto
a un banco en el que los delincuentes fueron descubiertos por
la policía y retuvieron a los empleados y a los clientes
que habían sorprendido en el interior como rehenes durante
varios días. En el transcurso de ese tiempo de negociaciones,
los rehenes se identificaron con los raptores hasta tal punto
que colaboraron con ellos protegiéndoles de las acciones
policiales. Además, en el momento de la liberación,
un periodista fotografió el instante en que una de las
rehenes y uno de los captores, antes de ser él detenido,
se besaban y se comprometían en matrimonio. Este hecho
sirvió para bautizar como "Síndrome de Estocolmo"
ciertas conductas insólitas que demuestran afecto entre
los captores y sus rehenes.
Quizás
otro caso igual de sorprendente fue el de Patricia Hearst, hija
del magnate de la prensa norteamericana Randolph Hearst, secuestrada
a principios de 1974 por el Ejército de Liberación
Simbionés. La joven terminó enamorándose
de uno de los secuestradores y se unió al grupo de revolucionarios,
participando en atracos armados, hasta que fue capturada y sentenciada,
aunque el presidente Jimmy Carter la indultó posteriormente.
Desde el
punto de vista psicológico, las reacciones de este tipo
están consideradas como una de las múltiples respuestas
emocionales que puede presentar el secuestrado a raíz
de la vulnerabilidad y extrema indefensión que produce
el cautiverio, y aunque es una respuesta poco usual, es importante
entenderla y saber cuándo se presenta y cuándo
no, porque el fenómeno ha sido tan tergiversado, que
se ha llegado a pensar que es una "enfermedad" que
padecen todas las personas que atraviesan por una situación
de cautiverio. Además, con frecuencia se convierte en
una de las mayores preocupaciones expresadas por los familiares
de los secuestrados después de la liberación.
Tanto el ex rehén como sus allegados se preguntan con
temor si algunos de los sentimientos de gratitud y aprecio hacia
sus captores, forman parte de la sintomatología del síndrome
y se suele creer, equivocadamente, que la persona lo está
padeciendo, considerándola "enferma".
En realidad,
según los expertos en psiquiatría, "el llamado
síndrome de Estocolmo sólo se presenta cuando
la persona se identifica inconscientemente con su agresor, ya
sea asumiendo la responsabilidad de la agresión de que
es objeto, ya sea imitando física o moralmente la persona
del agresor, o adoptando ciertos símbolos de poder que
lo caracterizan".
Cuando alguien es retenido contra su voluntad y permanece por
un tiempo en condiciones de aislamiento y sólo se encuentra
en compañía de sus captores puede desarrollar,
para sobrevivir, una corriente afectiva hacia ellos. Esta corriente
se puede establecer, bien como nexo consciente y voluntario
por parte de la víctima para obtener cierto dominio de
la situación o algunos beneficios de sus captores, o
bien como un mecanismo inconsciente que ayuda a la persona a
negar y no sentir la amenaza de la situación o la agresión
de los secuestradores. En esta última situación
se está hablando de Síndrome de Estocolmo.
Lo que se observa en la mayoría de los casos es una especie
de gratitud consciente hacia los secuestradores, tanto en los
familiares como en los individuos. Agradecen el hecho de haberlos
dejado salir con vida, sanos y salvos y a veces recuerdan -
sobre todo en las primeras semanas posteriores al regreso -
a quienes fueron considerados durante ese trance o tuvieron
gestos de compasión y ayuda. Es comprensible, bajo estas
circunstancias que cualquier acto amable de los captores pueda
ser recibido con un componente de gratitud y alivio.
El secuestrado vive traumáticamente una situación
de impotencia, al no poder responder a la agresión de
que es objeto, pues lo más natural en el comportamiento,
es que si a uno lo atacan que responda al atacante. Si no se
puede, si se está imposibilitado de responder con la
agresión mínima indispensable para mantener el
equilibrio, y se tiene que suprimir o reprimir esa agresión,
ella se acumula y va dirigida contra uno mismo.
El síndrome de Estocolmo sería entonces una suerte
de mecanismo de defensa inconsciente del secuestrado, que no
puede responder la agresión de los secuestradores y que
se defiende también de la posibilidad de sufrir un shock
emocional. Así, se produce una identificación
con el agresor, un vínculo en el sentido de que el secuestrado
empieza a tener sentimientos de identificación, de simpatía,
de agrado por su secuestrador.
El psicólogo
Emilio Meluk presentó a finales de los años noventa
los resultados de una investigación sobre los efectos
psicológicos del secuestro en sus víctimas, que
lleva por título "El Secuestro, una muerte suspendida",
en el que se centraba en las experiencias vividas por ochenta
ex secuestrados después de su liberación y un
número similar de familias.
Sus conclusiones revelaron que la expectativa por saber si padecen
el Síndrome de Estocolmo, es una de las preocupaciones
más expresadas por parte de los ex secuestrados después
de la liberación. Se preguntan, reiteradamente, si algunos
de sus comportamientos durante el cautiverio, y después
de haber sido liberados, corresponden a esta secuela del secuestro.
Lo expresan con signos claros de temor y remordimiento, como
si de haberse presentado en ellos significara haber sido débiles
o deshonestos.
Hay
que aclarar de nuevo, que el Síndrome de Estocolmo es
simplemente algo que la víctima de un secuestro percibe,
siente y cree que es razonable que sea de esa manera, sin darle
mayor relevancia a la identificación misma ni sentirla
como tal. Solamente los que lo ven desde fuera podrían
encontrar irracional el que la víctima defienda o adopte
actitudes para disculpar a los secuestradores y justificar los
motivos que tuvieron para secuestrarlo.
Para que se pueda desarrollar el Síndrome de Estocolmo
los expertos del tema aseguran que es necesario que el secuestrado
no se sienta agredido, violentado ni maltratado. De lo contrario,
el trato negativo se transforma en una barrera defensiva contra
la posibilidad de identificarse con sus captores y aceptar que
hay algo bueno y positivo en ellos y sus propósitos.
Si los ex secuestrados califican las condiciones de secuestro
y el trato recibido como deleznable, impiden el desarrollo del
Síndrome.
En un secuestro, los intentos de manipulación son frecuentes,
en casi todos los casos los secuestrados fingen para poder sobrevivir.
Esto se ve más claramente al comparar la actitud que
tienen con sus secuestradores durante el cautiverio y la forma
como se refieren a ellos una vez libres. Mientras estaban presos
pudieron tener actitudes amigables, sin embargo una vez fuera
del riesgo de morir, se refieren a ellos de un modo negativo
y con rencor, lo cual señala que lo expresado en cautiverio
no es una identificación con los agresores sino un anhelo
de sobrevivir.
La esperanza de vivir no solamente se expresa en los comportamientos
y actitudes condescendientes. Algunos recuren a la simulación
de enfermedades o a la dramatización de algunas ya existentes,
con el objeto de manipular a sus secuestradores para lograr
un trato más considerado, o simplemente para sentir que
tienen algún control sobre la situación, y sobre
ellos. Fingir un infarto, un ataque epiléptico o exagerar
una deformación física es frecuente. En últimas,
cuando el secuestrado logra el objetivo de poner en su favor
algunos sentimientos de los secuestradores y obtiene respuesta
que los benefician de esa manera, conjura la posibilidad de
morir durante el cautiverio o aproxima la probabilidad de obtener
la liberación.
Volviendo
al trabajo de Meluk, también señala que ha podido
destacar, en las narraciones de algunos ex secuestrados, una
especie de gratitud hacia los secuestradores, como si quisieran
agradecerles el haberlos colocado en una situación que
les permitió reestructurar su personalidad y su sistema
de valores, pero ninguna de las víctimas de secuestro
analizadas aquí se auto responsabilizan de él,
ni justifican los propósitos de la organización
que los secuestró, ni los defiende públicamente.
El no presentarse el Síndrome de Estocolmo indica que
hay en los ex secuestrados conciencia del daño y de la
agresión de que son objeto durante el cautiverio, que
lo objetivan en los secuestradores y no e sí mismos y
que rechazan asumir como propias las razones que llevan a su
secuestro.
En definitiva, para detectar y diagnosticar el síndrome
de Estocolmo, se hacen necesarias dos condiciones, por un lado,
que la persona haya asumido inconscientemente una notable identificación
en las actitudes, comportamientos o modos de pensar de los captores,
casi como si fueran suyos, y por otro, que las manifestaciones
iniciales de agradecimiento y aprecio se prolonguen a lo largo
del tiempo, aún cuando la persona ya se encuentra integrada
a sus rutinas habituales y haya interiorizado la finalización
del cautiverio.